Sala de asociados

Traductor destacado

initial image

Juan  Carlos
Calvillo

Entrevista de Miguel Pineda

Poeta, traductor literario y profesor-investigador en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México, Juan Carlos Calvillo es también miembro del Consejo Directivo de Ametli. Actualmente se encuentra a su cargo la Secretaría de Redacción de la revista Otros Diálogos. En esta breve entrevista, Calvillo habla de su experiencia como traductor y como miembro de una asociación de traductores.


 

 

¿Cómo fue tu primer acercamiento al mundo de la traducción?

 

Traducir para mí fue siempre un impulso irresistible. Cuando era joven leía una cosa bella en inglés, mi querida lengua adoptiva, y de inmediato sentía la necesidad de apropiarme de ella, de ser partícipe del talento que me deslumbró, de implicarme en el proceso creativo. En aquella lozanía había también —por qué no decirlo— un afán de medirme con el texto, de ver si estaba yo a la altura, si podía recrear lo que admiraba. Pero eso fue sólo el comienzo, no más que un ejercicio solipsista. Mi verdadero encuentro con la traducción fue cuando me di cuenta de que eso que yo hacía con pasión podía comunicarle cosas a la gente; de hecho, que tenía la responsabilidad de comunicarle tales cosas a mi gente. Fue en ese momento en que la traducción, para mí, se convirtió, más que en un juego, en una profesión. Y uso “profesión” en ambos sentidos de la palabra, porque la traducción es algo que se profesa. La traducción se vive, se ama, pero lo importante, creo, es recordar que el traductor brinda tanto como recibe. Debe asumir como compromiso suyo, personal y sincero, otorgar, brindar acceso a aquellos que no lo tienen. Parecerá una tontería, pero creo que ese es uno de los problemas más frecuentes en la traducción hoy en día: a la gente se le olvida (o se le pierde de vista) que traduce para el otro. Yo me inicié en el mundo de la traducción cuando me di cuenta de que las cosas que podía hacer les importaban a otras personas.

 

¿De qué manera crees que beneficia a un traductor pertenecer a una asociación?

 

En términos profesionales, en la dimensión más puramente laboral del oficio, pertenecer a una asociación le otorga a un traductor la fuerza y la capacidad de acción que no tendría si bregara por sí solo. La traducción es una ocupación muy precaria: se está expuesto a trabajos abusivos, sin contrato, con remuneraciones tardías o inexistentes, al robo intelectual, al plagio, a la invisibilización del trabajo… Y pertenecer a una asociación no sólo protege al traductor de la comisión de abusos concretos, sino, de manera más importante quizá, ayuda en la búsqueda colectiva de mejores condiciones de trabajo, en la defensa de nuestros derechos como creadores. Ahora bien, en la dimensión social, siempre ayuda estar cerca de personas que se enfrentan cotidianamente a los desafíos a los que uno se enfrenta cotidianamente. La asociación es un espacio para el intercambio, para el debate, para la colaboración y, yo espero, también para la crítica constructiva. No es sólo en términos profesionales que se debe buscar la superación. Yo, que tengo muy poco de haberme integrado a la vida gremial, creo que puedo decir con seguridad que no se trata de pertenecer a un club, es decir, no se trata de obtener los beneficios de una membresía. No se trata tampoco de una bolsa de trabajo, contrario a lo que se cree. Se trata de contribuir al progreso de la traducción como profesión y como oficio: de mejorar las condiciones laborales y también de incrementar la calidad de las traducciones que se hacen en el país.

 

¿Cuáles han sido los desafíos emocionales más exigentes que has tenido que superar al traducir?

 

No por ser placentero traducir —y sí que lo es— se deduce que es siempre fácil entrarle al baile de máscaras en que consiste la traducción. Uno de los requisitos imprescindibles para traducir literatura (y para traducirla bien: para traducirla con libertad en el proceso de toma de decisiones, quiero decir, para traducirla sin servilismos) es, creo, entender la manera en la que piensa el autor, porque sólo así se es capaz de reproducir su proceso creativo. En eso se basa la formación de un criterio. Pero no siempre es fácil: si se da la simbiosis, la asimilación de dos sensibilidades, se corre a menudo el riesgo de pasar por las mismas tribulaciones por las que pasa nuestro autor (y baste decir, como sabemos bien, que los poetas suelen ser almas en pena).

 

Pero creo que preguntabas más bien por la invisibilización o el desprecio que se siente desde tiempos inmemoriales por una labor de “traidores”. Para mí, la satisfacción ha estado siempre en el trabajo, pero eso no es suficiente. Por fortuna, cada vez es menor la marginación del oficio: la traducción se reconoce cada vez más desde hace cincuenta o sesenta años y, como favorecidos de los esfuerzos de los que nos precedieron, nuestro deber es seguir luchando por que se reconozca y se valore. Pero, como decía hace rato, la responsabilidad principal es la de comunicar, y en eso no veo diferencia cualitativa alguna entre lo que llamamos “original” y lo que llamamos “derivativo”. Cada una tiene sus exigencias y cada una tiene sus recompensas.

 

¿Cuáles son tus publicaciones más recientes? ¿En qué traducción estás trabajando ahora?

 

En diciembre de 2020 se publicó mi traducción de los poemas y fragmentos en sobre de Emily Dickinson, un libro titulado Las Ruedas de las Aves, hermosamente editado en versión facsimilar por Aquelarre Ediciones y Los Otros Libros. Se puede conseguir en línea y en librerías independientes. Es un volumen muy entrañable que recopila todo cuanto escribió Emily Dickinson utilizando como soporte el sobre de una carta u otros pedazos de papel —un envoltorio de chocolate, una bolsa de estraza, un papel tapiz desprendido— con los que se animó a entablar una suerte de relación concreta. Por lo demás, esta selección de traducciones se presenta, por primera vez en español, en verso medido y rimado.

 

En un futuro próximo se pondrá en circulación un volumen de traducciones, que editamos Francisco Segovia, Adrián Muñoz y yo, titulado Primer amor, una compilación de los poemas de amor más antiguos que existen o que se pueden conseguir en una enorme diversidad de lenguas del mundo, todos ellos comentados por expertos. Publicará este volumen El Colegio de México. De momento estoy trabajando, en colaboración con mi amigo y colega Mario Murgia, en la primera traducción mexicana de El puente de Hart Crane, que editará también el sello editorial jalapeño Aquelarre Ediciones.

 

Algunos sitios de interés